Aya Koda – Árbol
Aya Kōda (Tokio, 1904 – Ishioka, 1990) fue una de las grandes escritoras japonesas del siglo XX. Hija del reconocido novelista Rohan Kōda, comenzó a escribir relativamente tarde, después de la muerte de su padre, y con el tiempo construyó una obra propia que abarcó novelas, cuentos y ensayos. Su literatura se caracteriza por una mirada atenta hacia lo cotidiano, la naturaleza y esas pequeñas experiencias que, observadas con suficiente detenimiento, terminan revelando algo mucho más profundo sobre la existencia.
Entre sus obras más conocidas se encuentran Nagareru y Ototo, ambas llevadas posteriormente al cine y que contribuyeron a consolidar su prestigio dentro de la literatura japonesa. Kōda recibió, entre otros reconocimientos, el Premio Yomiuri, el Premio de la Academia Japonesa de Arte y la Orden del Tesoro Sagrado.
Sin embargo, para muchos lectores occidentales su nombre permaneció durante décadas prácticamente desconocido. La recuperación de Árbol, publicado originalmente de manera póstuma y editado ahora en español por Lumen, sello de Penguin, permite acercarse a una faceta particularmente singular de su escritura: su relación íntima con los árboles y con el mundo natural. El libro también adquirió una nueva resonancia gracias a Perfect Days, la película de Wim Wenders, donde la obra de Kōda ocupa un lugar destacado.
Hace dos semanas conseguí una copia de Árbol sin haber leído reseñas ni sinopsis alguna. Simplemente me dejé llevar por la curiosidad de saber qué era lo que leía el protagonista de la mencionada película Perfect Days en sus momentos de serenidad.
Mi primera impresión al comenzar la lectura fue de sorpresa, ya que creí que se trataba de una novela que utilizaba al árbol como metáfora, pero nada más lejos de eso.
Árbol es una colección de ensayos surgidos de los viajes de Aya Kōda por Japón y de su particular relación con los árboles. A lo largo de sus páginas, la autora observa distintas especies, registra sus características y relata las experiencias que tuvo frente a ellas, pero también se detiene en todo aquello que estos silenciosos seres despiertan en ella.
Por momentos pareciera que tiene una fijación muy especial con estos seres, ya que el tópico es, por lo menos, inesperado para cualquier lector que busque algo de no ficción, como nos tienen acostumbrados las editoriales y los escritores japoneses durante esta última década, publicando títulos a raudales sobre temas que van desde el haiku hasta la novela proletaria.
En Árbol podremos viajar con la autora por bosques plagados tanto de vida como de muerte, observados desde una sensibilidad que por momentos podríamos calificar de casi zen, dejando de lado muchas de las alegorías basadas en la visión occidental que solemos tener sobre estos temas.
En algunas reflexiones, Aya Kōda abre sus pensamientos más íntimos al comparar la vida de los árboles con la humana y habla de la impresión que le causa que algunas de las especies que visita tengan varios siglos, e incluso miles de años, de vida. También reflexiona sobre cómo los árboles caídos no representan necesariamente para ella la muerte, sino que su caída puede convertirse en el comienzo de una nueva vida, dando paso a sus semillas y a los ciclos de renovación del bosque.
En este escrito podremos encontrarnos con una sensibilidad y una percepción hacia estos seres que hacen que el lector vea al árbol como un ser viviente, si es que a alguno no se le cruzó por la cabeza que lo son. Esto no resulta extraño, ya que hay una situación en la que Aya Kōda habla con un guía de una maderera, quien le expresa que los árboles no son más que un producto destinado a crear bienes, ya sean muebles, fósforos o madera para la construcción.
Es una lectura llevadera, que no desgasta al lector con descripciones demasiado profundas o académicas de la botánica de cada especie que nos relata, sino que funciona más bien como el diario íntimo de una persona que se siente profundamente conmovida y emocionada por la relación que encuentra entre su propia humanidad y el paso de estos silenciosos gigantes, cuya existencia resulta sumamente relevante y casi imposible de separar de la nuestra como humanidad.


